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Mariano Royo
del 10/04/2015 al 10/05/2015

El pintor Mariano Royo es el protagonista de la nueva exposición del ciclo ‘Revisiones. Artistas navarros del siglo XX’. La muestra presenta más de cuarenta obras creadas entre 1977 y 1985, año del fallecimiento del artista, en la primera planta de la Sala de Armas de la Ciudadela. La mayor parte de las obras pertenecen a colecciones públicas y privadas, por lo que hay cesiones para esta exposición de particulares y de instituciones como el Museo de Navarra, la Universidad Pública de Navarra o la Mancomunidad de la Comarca de Pamplona, cuadros a los que se unen los dos que posee el Ayuntamiento de Pamplona de este artista dentro de su Colección de Arte Contemporáneo.

 

La exposición permanecerá abierta hasta el 10 de mayo. El horario hasta el 30 de abril es de martes a viernes de 17.30 a 20 horas, los sábados de 12 a 14 y de 17.30 a 20 horas y los domingos de 12 a 14 horas. A partir del 1 de mayo, día en el que comienza el horario de verano, podrá visitarse de martes a sábados de 18.30 a 21 horas, los sábados de 12 a 14 y de 18.30 a 21 horas y los domingos y festivos de 12 a 14 horas.

 

La evolución del artista
Mariano Royo (San Sebastián 1949-Pamplona 1985) realizó su primera exposición, ‘Cuatro pintores’, en 1968 en el Museo de Navarra. Los cuadros más antiguos de esta exposición datan de 1977, cuando Royo ya había abandonado la figuración. Además, en esa época fue también cuando dejó la pintura al óleo para probar, en formatos grandes, con la pintura acrílica que le permitía “estirar la materia hasta donde su imaginación le pidiera llegar” y terminar con la autocensura y los límites. En palabras de Pedro Salaberri “no podía ser libre su cabeza si no soltaba su gestualidad, no podía volar la imaginación si el brazo no podía trazar líneas como si pintara en el aire”. Por eso pueden verse en la Ciudadela cuadros en los que “hay líneas de fuerza, flechas y diagonales que parecen querer salirse de los límites y, sin embargo, esa fuerza expansiva no nos impide darnos cuenta de que todo lo que tiene que ocurrir está dentro del cuadro, todo ha sido dicho ya”. Y en los que, según Pedro Manterola, “el color se utiliza en los tonos y timbres más altos de la escala: violetas encendidos, verdes eléctricos, azules prusianos”.

En los años previos a 1977 ya había presentado sus trabajos en una veintena de exposiciones en Pamplona, Tafalla, Zarauz, Vitoria, Estella, Santurce, San Sebastián, Madrid, Vitoria o Sevilla. En 1980, protagonizó una exposición en la Bárbara Walter Gallery de Nueva York, ciudad en la que conoció a José Guerrero, pintor abstracto español, y en la que pudo comprar material acrílico que no existía en Pamplona. Tres años después enfermó y “en los dos años siguientes hubo periodos de gran serenidad y espiritualidad” con cuadros “pintados en tonos más bien fríos, y que denotan serenidad”. Sus exposiciones continuaron hasta su fallecimiento en 1985 y posteriormente, en distintas salas nacionales.

 

Sin límites buscando abarcarlo todo
Aunque se inició en la pintura figurativa, posteriormente siguió otros estilos, un cambio que el mismo explica diciendo “que llegues un día fastidiado al estudio y tengas que dejar la depresión en la puerta, porque tienes que ser fiel a lo que tratas de pintar y encontrar un equilibrio, un punto medio, no, eso no es para mí. Yo pinto el cuadro, me dejo llevar por el ensueño, por el estado de ánimo, por la casualidad también y después saco mis conclusiones. Necesito el cuadro pintado para saber qué pasa con él, del mismo modo que necesito que la vida sea inexorablemente cumplida para seguir vivo, para sentir que estoy vivo”.

Ahondando en esa idea, Pedro Salaberri señala que la necesidad narrativa tuvo una gran importancia en su pintura. “Desde el principio hasta el final, incluida la etapa menos figurativa de su trabajo, había una historia explícita o velada en sus imágenes. Al principio, los cuadros hablaban con un lenguaje figurativo (...) pero pintar con una cierta fidelidad lo que los ojos ven empezó a pesarle y Mariano fue poniendo en los cuadros una, dos o tres imágenes que se superponían, todo ello con la pretensión de que el resultado fuera más complejo, más rico en significados”. Royo persiguió el deseo de abarcarlo todo, por lo que optó por dividir el cuadro en partes, y el anhelo de no estar limitado ni siquiera por el formato, con lo que llegó a recortar superficies de aglomerado para acabar con los límites precisos de la obra, idea que abandonó para volver a las formas y los bordes regulares. Sintió que “lo que tenía que propiciar la libertad acababa estrangulándola”.

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